Es como una aurora boreal. Ahí está luciendo palmito, con esa sonrisa que abarca el universo y ese pelo caoba desmadejándose lánguidamente sobre sus hombros a medio acabar.
No la conozco, para desgracia de mis adentros, pues solo con mirarla me vienen al sentimiento tantas sensaciones de lo que podría ser, que me aturden, y debo dejar de pensar para seguir embobado mirándola, que no es poco.
Di con ella viajando por esos mundos virtuales de la red a partir de mi blog, curioseando por entre la maraña de posts, vídeos y fotos que tantas gentes cuelgan a diario para salir del anonimato a que una sociedad del " no me toques Roque" les ha condenado. Me sentí atraido de inmediato por un no se que: algo intangible que emanaba de su foto. A partir de entonces - no recuerdo bien si la acogí como amiga - viene siendo uno de mis fetiches favoritos, con toda la adoración que me merecen tanto la palabra como el concepto.
Es "ella", tan esbelta, tan risueña que casi cuesta mirarla sin sonreir. Con esa figura erguida de quienes saben la partida ganada de antemano. Con esa sencillez que parece invitar al cara a cara. Es ella, juvenil y alegre, con ese desparpajo que dan los pocos años y el acicate de que le queda todo aún por vivir. Como el vino jóven, pero no verde. Sin acideces, con la dulzura de un buen moscatel suave y melindroso.
Tal vez algún día reciba su saludo y se me llenará el corazón de jilgueros cantarines, como cuando conocí a las otras. O, tal vez, como con ellas suceda la inevitable y triste situación de separarnos. Por ello, a pesar de la creencia popular de que mas vale haber amado y perder que no haber amado nunca, sigo pensando que quizás sea preferible conservarla en el recuerdo aún sin haberla conocido.
Y es que... uno es un romántico "impredecible".